Julio es un corredor muy experimentado. Hace poco sobrepasó los cuarenta años y disfruta yendo a las carreras. La última a la que se apuntó fue una Media Maratón a unos doscientos kilómetros de su ciudad. Como no está muy bien económicamente decidió ir solo, sin su esposa. El sábado dormiría en su lugar de destino, correría el domingo y regresaría a casa por la tarde.
Es la versión oficial de los hechos. Pero realmente, lo que Julio pretendía era pasar esos dos días junto a su amante. Tenía todo muy bien calculado: la inscripción reservada con tiempo de antelación, su cita ya concertada y el plan para no levantar sospechas. No pensaba correr, evidentemente, y pondría como excusa una pequeña lesión en el gemelo allá por el kilómetro 3 ya que su nombre no aparecería en las clasificaciones.
Fue un fin de semana maravilloso incluyendo cena íntima con “la otra”. El domingo se levantó bastante tarde, cuando ya la carrera habría alcanzado el ecuador. Tras el almuerzo volvieron a su ciudad y regresó a casa.
Al llegar al hogar su esposa le preguntó si había encontrado algún amigo en la carrera.
- ¡Qué va! ¡Había tantísima gente que no pude localizar a ninguno de los compañeros del club!
- ¿Y la carrera qué tal te fue? –continuó.
- Empecé muy bien pero en el kilómetro 3 sentí un tirón en el gemelo y tuve que abandonar – añadió siguiendo el plan urdido.
- Cariño, como estabas fuera y no ibas a correr estos dos días aquí, he aprovechado para lavar tus zapatillas.
Y efectivamente, la esposa de Julio había lavado el único par de zapatillas que tenía para correr.
Es la versión oficial de los hechos. Pero realmente, lo que Julio pretendía era pasar esos dos días junto a su amante. Tenía todo muy bien calculado: la inscripción reservada con tiempo de antelación, su cita ya concertada y el plan para no levantar sospechas. No pensaba correr, evidentemente, y pondría como excusa una pequeña lesión en el gemelo allá por el kilómetro 3 ya que su nombre no aparecería en las clasificaciones.
Fue un fin de semana maravilloso incluyendo cena íntima con “la otra”. El domingo se levantó bastante tarde, cuando ya la carrera habría alcanzado el ecuador. Tras el almuerzo volvieron a su ciudad y regresó a casa.
Al llegar al hogar su esposa le preguntó si había encontrado algún amigo en la carrera.
- ¡Qué va! ¡Había tantísima gente que no pude localizar a ninguno de los compañeros del club!
- ¿Y la carrera qué tal te fue? –continuó.
- Empecé muy bien pero en el kilómetro 3 sentí un tirón en el gemelo y tuve que abandonar – añadió siguiendo el plan urdido.
- Cariño, como estabas fuera y no ibas a correr estos dos días aquí, he aprovechado para lavar tus zapatillas.
Y efectivamente, la esposa de Julio había lavado el único par de zapatillas que tenía para correr.







