Otra anécdota más para añadir a la colección de vivencias personales como runner. El otro día quise hacer un trote de 10 kilómetros en la carretera de Fiñana a un ritmo de 5:00. Tengo medido un tramo de un kilómetro y procuro salir a la arena en las zonas en que ésta existe, por cuidar un poco los gemelos. Dicha carretera es poco transitada por vehículos y menos aún por peatones.
Comienzo el primer kilómetro y me cruzo con dos señoras de edad avanzada. Una de ellas me dice “Vaya velocidad”. A la vuelta, me las vuelvo a cruzar y ahora me grita: “Chiquillo, que te vas a quedar seco”. Tercer kilómetro y, por ende, tercer encuentro.
Nueva observación: “Oye, que mañana no vas a poder levantarte de la cama”.
Dicen que no hay dos sin tres. Ni tres sin cuatro. Nuevo encuentro con las señoras. Empieza a agitar las manos como instándome a detenerme: “¡¡¡Para, para, que te puedes morir!!!”. A la señora la veía con la cara casi descompuesta, pues ya se hacía a la idea de éste, dentro del ataúd. No me queda más remedio que tranquilizarla y decirle que esto lo hago desde hace cinco años.
Os preguntaréis ¿cómo te las cruzaste tantas veces? Eso pensé yo al principio. Pero tanto va el cántaro a la fuente… En el quinto cruce ya me di cuenta de que ESTABAN MANGANDO HIGOS. Si llega a aparecer el dueño, me adelantan con toda seguridad.
Quiero agradecer ese sentido solidario maternal proteccionista de las señoras. Pero por otro lado, les daremos un “tironcillo de orejas” y les advertiremos que tengan cuidado, que como el dueño aparezca les va a decir:
SOIS UNOS “HIGOS DE …..”
Comienzo el primer kilómetro y me cruzo con dos señoras de edad avanzada. Una de ellas me dice “Vaya velocidad”. A la vuelta, me las vuelvo a cruzar y ahora me grita: “Chiquillo, que te vas a quedar seco”. Tercer kilómetro y, por ende, tercer encuentro.
Nueva observación: “Oye, que mañana no vas a poder levantarte de la cama”.
Dicen que no hay dos sin tres. Ni tres sin cuatro. Nuevo encuentro con las señoras. Empieza a agitar las manos como instándome a detenerme: “¡¡¡Para, para, que te puedes morir!!!”. A la señora la veía con la cara casi descompuesta, pues ya se hacía a la idea de éste, dentro del ataúd. No me queda más remedio que tranquilizarla y decirle que esto lo hago desde hace cinco años.
Os preguntaréis ¿cómo te las cruzaste tantas veces? Eso pensé yo al principio. Pero tanto va el cántaro a la fuente… En el quinto cruce ya me di cuenta de que ESTABAN MANGANDO HIGOS. Si llega a aparecer el dueño, me adelantan con toda seguridad.
Quiero agradecer ese sentido solidario maternal proteccionista de las señoras. Pero por otro lado, les daremos un “tironcillo de orejas” y les advertiremos que tengan cuidado, que como el dueño aparezca les va a decir:
SOIS UNOS “HIGOS DE …..”






