Hace una semana acompañamos a mi amigo Rafael E. Morales porque exponía sus fotos en un pueblo de Granada llamado Villanueva de Mesía. Os recomiendo su página de Flickr porque tiene fotos realmente buenas.
Tras ver la exposición y charlar un rato con la amiga Nefer, que está perdidísima de la blogosfera y a la cual echo de menos, nos fuimos a tomar unas cervezas con un nutrido grupo de amantes de la fotografía y parte de la Corporación Municipal de esa localidad.
Como estaban de fiestas, en el bar tardaron bastante tiempo en atendernos y el tema se alargó más de lo esperado. Frente a mí estaba otro amante de la fotografía, un hombre con un humor ácido que nos hace pasar ratos muy buenos. Os podéis hacer una idea de su físico si lo comparáis con Don Quijote de La Mancha: delgadísimo y con una pequeña pero alargada barba. Nuestros amigos dudan de quién de los dos ganaría en un concurso de extra delgados. ¿Él o yo?
Este hombre trabaja en unos comedores a los que acuden unas 1.200 personas a diario. Sufre un estrés por ruidos impresionantes y estábamos a viernes noche. Un poco desesperados por el hambre, de pronto entra en el bar una treintena de niños y niñas que habían participado en el desfile de majorettes. Lo que antes era un local con ruido se transformó de pronto en una estridente reunión. Los pequeñajos estaban con hambre y gritaban a todo lo que les daban sus gargantas.
Nos cometa “Don Quijote” que no soporta los ruidos y que se estresa muchísimo con ellos. Y a esto que los niños y niñas elevan el tono de voz que casi nos impiden oírnos en el grupo. De pronto, el estresado vocea:
- ¡Herodes! ¡Herodes! ¡Baja! ¡Por Dios!
Por no ser tan drástico, le sugiero:
- Anda, no seas así. Llama mejor al Flautista de Hamelin. ¡Que me mareo con la sangre!
Pasaron más de diez minutos y teníamos la esperanza de que las voces se les gastarían, pero nada de nada. Nos dice ahora:
- Ya veréis cómo se callan. Voy a aplicar el método del gorrión.
De pronto da una palmada fuerte y, efectivamente, los “gorriones” se callan. Pero el silencio dura sólo cinco segundos y vuelven al ataque.
Y el hombre volvía a lamentarse porque no soporta los ruidos, pero lo llevaba con buen humor. Le sugerí que se pusiese unos auriculares en su trabajo y le pareció una buena idea en la que no había reparado.
El alcalde nos invitó a las cervezas que nos tomamos y nos fuimos con unas buenas risas por los momentos vividos.
Mucha gente se queja de los maestros y maestras por las vacaciones que tenemos. Pero, ¿quién se acuerda de nosotros en estos pequeños detalles que tenemos a diario?







