lunes, 8 de noviembre de 2010

SUEÑOS PROFUNDOS

Siestecita.
(Imagen de "ojo de vidrio")

Hoy, 8 de noviembre, mi hijo cumple 21 años. Echando la vista atrás, recuerdo tal día como uno de los más felices de mi vida. La noche previa la pasé en el hospital en espera de tan ansiado acontecimiento y no dormí nada en absoluto, algo impensable en mí por aquellas épocas.

Cuando nació, mi cuñada se ofreció para quedarse esa noche en el hospital y darme el relevo. Pero yo, valiente padre, le dije que asumiría la responsabilidad y haría las labores de apoyo logístico. Ya bien entrada la madrugada, el bebé empezó a llorar desconsoladamente y mi mujer, con pocas fuerzas para levantarse, me llamaba para que le pusiese el chupete a la criatura. Profundamente dormido, no logró despertarme y estuvo a punto de lanzarme el biberón pues de las voces que me daba iba a alarmar a medio hospital.

Mi sueño ha sido muy pesado desde siempre. Recuerdo otra anécdota, estando soltero. Mis padres habían salido por la noche y regresaron a las 4 de la madrugada. Olvidaron las llaves y estuvieron llamando durante un largo tiempo al timbre, al teléfono… Aburridos, no tuvieron más remedio que llamar a los vecinos. Entraron en su casa y se acercaron a la pared contigua donde este dormilón soñaba a pierna suelta. Por más golpes que dieron al tabique fue imposible lograr despertarme.

Eso sí, en cuanto que me responsabilicé de levantarme cuando mis críos lloraban por las noches, perdí ese sueño profundo y ahora duermo menos que un gallo harto de café en la noche preelectoral del gallinero.


 
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